Clarissa

Samuel Richardson

De la Historia de Clarissa Harlowe

El señor Lovelace al caballero John Belford

M. Hall, jueves 14 de septiembre

Desde el fatal siete de este mes, estoy perdido para mí mismo y para todas las alegrías de la vida. Podría remitirme a una fecha anterior a ese fatídico día siete, en cuyos futuros aniversarios vestiré luto; sólo que hasta ese aciago día yo aún abrigaba alguna chispa de esperanza.

Me han hablado de una extraña carta que te escribí. Recuerdo que escribí, pero apenas recuerdo el contenido.

He estado en pésimo estado. Creo que algo me ha sometido a extrañas represalias. Nunca cometí la necedad de ignorar las señales de la Providencia, pero no soy partidario de ver un juez en todo lo que parece poseer un semblante negativo. No obstante, si hemos de ser castigados aquí o en el otro mundo por nuestras malas acciones, mejor aquí, digo yo, que en el otro mundo. ¿No tengo interés, pues, en creer que mi castigo no sólo ha comenzado sino que está concluido, puesto que lo que he sufrido, y sufro aún, supera toda descripción?

Por dar un solo ejemplo de represalia, yo, que por una semana fui la bárbara causa de la pérdida del juicio para la más inimitable de las mujeres, he sido castigado con la pérdida del mío, como antesala de quién sabe qué. ¿Cuándo, oh, cuándo conoceré una hora dichosa?

Siento un gran decaimiento, pero ante todo yo he decaído. La carta póstuma de esta dulce criatura me ronda. Todas sus virtudes se elevan hora tras hora en mis remembranzas.

Mas no me atrevo a demorarme en estas reflexiones melancólicas. Mi mente vuelve a desbocarse. ¡Pluma, adiós!

Viernes 15 de septiembre

Recomienzo, espero que de mejor ánimo. Mowhray y Tourville acaban de…

¿Pero qué importan Mowhray y Tourville? ¿Qué es el mundo? ¿Qué son sus habitantes?

Están muy exasperados contra ti, por la última carta que les escribiste, una misiva tan hostil, tan despiadada…

¡Es inútil! Una vez más debo dejar mi pluma. ¡Oh Belford, Belford! ¡Todavía estoy totalmente ausente de mí mismo! ¡Nunca volveré a ser lo que era!

Sábado, domingo. No he hecho nada. Soy incapaz de nada.

Lunes 18 de septiembre

¡Totalmente apesadumbrado y abatido por Júpiter! Debo tomar medidas. Debo ver lo que logrará el cambio de clima.

     Les dices a estos sujetos, y a mí, que debemos arrepentirnos y reformarnos, pero yo no puedo hacer ninguna de ambas cosas. Si alguien puede hacerlo, es porque no debe responder por la extinción de una Clarissa Harlowe. ¡Harlowe! Maldito sea ese apellido. Y maldito sea yo por no haberlo cambiado cuando pude. Pero no es preciso invocar una maldición  para mí mismo. Ya la estoy sufriendo.

“Pensar que lo distinguía a usted con mi preferencia.” En qué rígido lenguaje se expresa el pudor doncellesco en estas gratas ocasiones. Pensar que lo amaba a usted… he aquí la expresión más natural, y hay en ella verdad y soltura. “Pensar que lo amaba a usted”, digámoslo así, “esa es mi posesión y mi rubor”.

Y vaya que es cierto. Excelente criatura. Y aún es así. ¡Cuánta música en estas palabras de un ángel! ¿Qué no daría porque mi Clarissa aún existiera y pudiera afirmar que soy su posesión?

“Mas en verdad, señor, he estado largo tiempo muy por encima de usted.”

Largo tiempo, mi encanto. Largo tiempo, pues siempre has estado por encima de mí, y por encima de tu sexo, y por encima de todo el mundo.

“Esa preferencia no se basaba en motivos innobles.”

Qué desdichado fui, tan distinguido por ella, pero tan indigno de su esperanza de reclamarme.

¡Y qué generosos sus  motivos! No sólo ansiaba reclamarme por su propio bien, sino por el mío, y por el bien de inocentes que de otro modo serían arruinados por mí.

¿Pero por qué escribió esta carta, y por qué pidió que se me entregara cuando hubiera ocurrido un acontecimiento nefasto, sino por mi bien, y con miras a salvaguardar a inocentes que ella desconocía? ¿Y cuándo escribió esta carta? ¿No fue acaso en el mismo momento en que yo la perseguía de lugar en lugar, cuando su alma se encorvaba bajo la calamidad y el hostigamiento, e implacables parientes le negaban el perdón?

¡Criatura exaltada! ¿Acaso podías, en esa época, tan prematuramente, en tales circunstancias, aplacar tus justos resentimientos al extremo de desear felicidad al principal autor de tus angustias? ¿Desear felicidad a quien te había privado “de tus aspiraciones predilectas en esta vida”? ¿A quien fue causa de “que fueras segada en la flor de la juventud”?

¡Mujer angelical! ¡Cuánta nobleza habría en ti para que usaras la palabra solamente al mencionar estas importantes privaciones! Y si esto fue antes que perdieras la mortalidad, bien puedo presumir que ahora con ojo compasivo, sin distraerte de tu perfecto júbilo, miras el cielo que te rodea, y me deseas el bien.

“Reflexiona sobre mi conducta.” ¡Querida vida de mi vida! ¿De qué sirve eso ahora, cuando he perdido a mi querida criatura, la única que merecía mi reflexión? La he perdido de modo irrecuperable, tragada por la hambrienta tumba, perdido para siempre.    

TO BE CONTINUED

Publicado por Flor Ka

El poeta es, por definición, póstumo. Comienza a vivir después de su muerte, y, cuando está vivo, camina con un pie en la tumba. Eso produce una especie de cojera que da a su aspecto cierto encanto. JEAN COCTEAU

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